sábado, 14 de abril de 2018

A VECES

Por motivos de salud llevo mucho tiempo alejada de las redes sociales y del blog,  poco a poco iré regresando y prometo que antes que tarde os visitaré y me pondré al día. Un abrazo para tod@s. 





A VECES

A veces…solo a veces, encontramos en nuestro caduco viaje, a alguien que es mucho más que gente.

A veces… solo a veces, coincidimos con seres poseedores de un aura dorada que, te envuelven en un halo celestial, creando una conexión que va más allá de lo inexplicable, no por que no tengas palabras para definirlo sino, por que eres incapaz de describir la esencia natural de ese ser.

A veces… solo a veces, sin importar distancias, ni edades, ni condición…, notas el ligero roce de un alma desconocida acariciar la tuya y, sabes que encontraste una amistad incondicional.

Y cuando tienes la vida en ruinas y el cuerpo hecho jirones, el viento te trae una palabra de aliento o, una mano invisible extiende sus dedos mágicos para enjugar una lágrima pérdida, haciendo que te sonría el corazón. No cuentan las horas, los días, semanas o meses que pasen,  sabes que siempre estará ahí. Aún en el silencio o en la lejanía,  sin ser reverente conocer su rostro o no, saboreando el vínculo de la empatía, os preocupáis, os extrañáis, os añoráis,

A veces… solo a veces la diosa Fortuna te bendice con tan exquisito y refinado regalo, si es así, guárdalo, atesóralo, cuídalo... Pues, en este mundo de codicia, envidia, egoísmo, en este reino de Ares, no todo el mundo es tan afortunado.

Porque a veces… solo a veces somos capaces de encontrar el extinto linaje llamado: personas especiales. 


                                                           © María Dolores Moreno Herrera.





sábado, 1 de julio de 2017

NUNCA ES TARDE



(Imagen de la red)

Ahora, con más años por detrás que por delante, los misterios se desvelaron. Cuando mis años ya no se contaban en primaveras descubrí que fui lo que todos esperaban. Hija, mujer y madre abnegada.

Respiré pero nunca viví, así debía ser y así lo acepté. Jamás protesté ante mi destino, a pesar de la tristeza que me provocaba asfixiarme entre limpiadores, estropajos, fogones… Era mi obligación dibujar una sonrisa y agradecer tener una familia perfecta. Nunca saqué un pie del plato por el que dirán, mientras las cuerdas que movían mi ser se convertían en gruesas sogas. La ordenadísima, enorme y elegante vivienda era una jaula de oro que me ahogaba lentamente.

Echando la vista atrás, contemplo como perdí la juventud junto a un hombre que, aunque siempre ha sido amable y buen padre, buscó su espacio pisando el mío. Iba a sus partidos pero bailar era una idiotez. Adicto a las “canitas al aire” que jurando perennemente no pasarían más y yo como buena esposa, tragándome el orgullo perdonaba. Los polluelos hace tiempo abandonaron el nido. 

Hoy que mis  otoños pronto se convertirán en inviernos, él sigue acomodado en sus mentiras y sus promesas. Yo cambié, su comida está fría, sus trajes ya no están impecables, ni su cama caliente. He cortado los barrotes de la jaula de oro, he deshilachado las hebras que me sujetaban como una marioneta, he abierto las alas y he aprendido a volar en pos de mis sueños. Cada jornada me engalano, me maquillo, me perfumo y salgo a vivir. Hablan mal de mí ¿a quién le importa?
Puede que hasta hace poco la historia de mi vida la escribieran otros pero ahora, con más años por detrás que por delante, al epílogo de mi existencia seré yo quien le ponga cada letra, cada coma, cada tilde, cada borrón;  hasta su punto y final.




© María Dolores Moreno Herrera